FGL.

"Hay cosas encerradas dentro de los muros que si salieran de pronto a la calle y gritaran, llenarían el mundo."

J.K.R.

"Las palabras son, en mi no tan humilde opinión, nuestra más inagotable fuente de magia, capaces de infringir daño y de remediarlo."

lunes, 9 de enero de 2017

Demandas personales.

¿Cómo puedes sentir y experimentar emociones y reacciones a las mismas sin saber qué es exactamente lo que provoca todo esto en tu interior?
¿Por qué no eres capaz de dejar de mirar una y otra vez al pasado, a aquel camino que no tomaste, a aquella persona que hizo algo que cambió todo, a ese momento que tanto dolor o alegría te causó?
¿Cuándo vas a dar un paso adelante y gritar al mundo eso tan inmenso y profundo que embriaga tu alma, día tras día, y hace que sea tangible a la par que temido en ciertos momentos?
¿Dónde dejaste las ganas de luchar, de correr libremente, de proclamar a los cuatro vientos tu ley absoluta, de sentir que el mundo y tú vais por una vez a la par sin temor a lo que eso pueda implicar?
¿Quiénes son aquellos que ahora te rodean y que un día creíste reconocer pero que ahora se asemejan a extraños para ti, o es que eres tú la extraña para ellos?
¿Qué te queda por pensar cuando tu cabeza es un vórtice infinito de ideas desaboridas, canciones a medio entender, recuerdos en blanco y negro, y todo ello contigo como único nexo de unión entre todos?
Preguntas, preguntas y más preguntas. Dominan tu vida, tu día a día, tu existencia, y eso que son sólo vanas palabras que asolan tu mente sin descanso, pero que realmente no tienen nada de especial más allá de lo que tú quieras que tengan.
Y, no obstante, ahí están, siguiéndote a todas partes, como si se tratasen de tu propia sombra, pero en este caso son invisibles a la par que insaciables.
Lo más peculiar es que el encontrarnos inmersos entre tantas dudas nos hace rehuir la más evidente y fácil de responder de todas ellas: ¿Para qué hacer caso a esta cantidad de morralla si lo que importa verdaderamente es lo que eres, lo que sientes, lo que vives, lo que piensas, lo que ves, lo que haces, lo que oyes, lo que cantas, lo que sueñas y lo que deseas por encima de todo y según el instante?
Un famoso refrán dice "vive y deja vivir". Yo te digo "vívete y déjate vivir".

sábado, 7 de enero de 2017

Ocelos.

Los ojos son el espejo del alma.
A través de ellos deberíamos ser capaces de ver aquello que las palabras, los silencios y los gestos jamás dicen, aquello que está en lo más profundo, aquello que ocultamos al resto del mundo. Pero la mayor del tiempo resulta al contrario, y actúan como un reflector. 
¿De qué? Quién sabe. Quizá de sueños. Quizá de miedos. Quizá de recuerdos relacionados directamente con la expresión de esos ojos que encontramos frente a nosotros. 
Penetrantes, profundos, pícaros, discretos, brillantes, neutros, los ojos son como las personas. Y, al igual que ellas, pueden expresar una cosa mientras los demás interpretan algo totalmente diferente, pero es que somos tan complicados a la larga. 
Decir una cosa, pensar otra y sentir otra distinta está a la orden del día en nuestro pequeño mundo, aquel que casi nadie ve, salvo en ocasiones desesperadas. 
Pero, por oscuro y alejado de todos que parezca ese lugar tan nuestro, siempre habrá algo de luz filtrándose a través de las ventanas de nuestro cuerpo, de nuestro alma, los ojos.

jueves, 22 de diciembre de 2016

Dádiva.

Todas las personas somos cajas de Pandora, llenas de infinidad de cosas que pueden ser tomadas como bienes o males, tanto para nosotros como para el resto. Momentos, personas, canciones, viajes, sueños, pesadillas, palabras, pensamientos, imágenes, emociones, todos ellos metidos a presión y mezclados a más no poder en el recipiente que constituye nuestro cuerpo, y más concretamente nuestra mente.
Lo más curioso, al igual que con la caja de Pandora, es que una vez que nos abrimos con respecto a alguna de las piezas que componen la nuestra, es muy difícil frenar la espontánea salida del resto de cosas encajadas junto a ella. 
El caso es que nuestra caja no supone un cofre para guardar todo lo que nos ocurre en cada momento de la vida, sino que cada cosa introducida en ella pasa por una selección, que bien puede ser provocada por el miedo que tenemos a que algo vivido cambie demasiadas cosas, o lo triste que nos pone mencionar, e incluso a veces solamente pensar, un momento del pasado en concreto, o simplemente la reacción de los que nos rodean, sus miradas, sus palabras. 
Sin embargo, al igual que Pandora lo fue, nosotros somos curiosos a rabiar, tanto que, pese a que sabemos y tememos las consecuencias, a veces las ganas de echar un ojo al contenido de la caja, aunque entendemos que si está ahí es mejor dejarlo quieto y latente, son tan inmensas que algo se escapa rápidamente, cual suspiro precipitado de nuestros labios, como si de un soplo de aire helado se tratase.
Tras ello llegan las temidas consecuencias, pues fugazmente se ha dispersado aquello que ha salido de tu caja, sin que tú tengas una oportunidad para atraparlo y guardarlo fervientemente de nuevo, y nada es como era hace tan solo unos instantes.
Y es que el mito muchas veces supera a la realidad, y en el fondo de nuestra caja, o en nuestro caso la mente, queda atascada la esperanza, la cual ha sido sustituida por el miedo, la confusión, la incertidumbre.
La parte buena de ser cajas de Pandora es que el que cerremos con llave aquello que no deseamos que el resto vea, conozca y/o mencione sobre nosotros no implica el que no podamos admitir alguna pequeña cosa relacionada intrínsecamente con los que nos acompañan. Así, podemos liberar, aunque sea de forma parcial, un poco de ese peso que llevan encima, y, en lugar de cerrarnos cual ostras protegiendo una preciada perla, sabremos cuando es necesario mostrar algún aspecto que nos conforma y que en su momento nos modeló, de manera que tanto ellos como nosotros protejamos pequeños tesoros compartidos que, pese a que nos asuste una reaparición de los mismos, al menos tengamos con quien tratar hasta el más mínimo suspiro que exhale nuestro cálido aliento.

lunes, 24 de octubre de 2016

Matrix.

¡Oye!
¡Despierta!
¡Abre los ojos! 
¿Se puede saber dónde quedaron los sueños que poblaban tu indómita mirada, las risas que envolvían a los de tu alrededor, las manos que en su día diste para, en teoría, jamás volver a soltar? 
¿Hasta cuándo piensas que puedes seguir dependiendo de los demás en lugar de ti misma? 
¿Crees que siempre todo va a ser tan fácil como agarrarte al clavo ardiendo, subirte a la ola más grande sin rodeos, saltar de cornisa en cornisa cual sigiloso y ágil gato, y acostumbrarte a hacerlo cada día hasta que sea parte de ti misma?
¿Qué sucedió con todas las ideas y proyectos que te llenaban los ojos de vida y el alma de algo más grande que lo que cualquiera pudiera imaginar?
¿No te preguntas cada día quién es esa extraña que te mira en el espejo, y que a su vez rehuye tu mirada pues no se reconoce a sí misma, a lo que un día fue, a lo que ni aún entiende cómo dejó de ser?
¿Acaso sabes lo que experimenta por dentro una cuando toma su propio camino, pese a las condiciones en el que este se encuentre, y consigue cosas que, esperadas o no, van más allá de la realidad?
¿No sientes una pizca de intriga por tirar con todas tus fuerzas de la cuerda que te une a aquellos que te controlan para ver como sus ojos se vuelven suplicantes, y se llenan de miedo sabiendo que te van a perder, a ti, a su única fuente de control y satisfacción personal? 
No lo pienses ni siquiera un instante.
Hazlo.
Por ti.
Por los que te quieren o en su día te quisieron. 
Por los que aún tienen la esperanza de rescatarte del infinito mar de robots que puebla este monótono mundo.
Por no dudar de lo que pasará mañana, pues es lo que tú has decidido que pase, asumiendo con ímpetu las consecuencias, independientemente del tipo que sean.
Por volver a ser como una vez fuiste, y, cual ave fénix, renacer de tus cenizas más brillante y decidida que nunca.
Ahora, cierra los ojos.
Respira.
Está amaneciendo.
Es el primer día del resto de tu vida.

jueves, 22 de septiembre de 2016

Turbulencia.

Dicen que aquellos a los que quieres son los únicos que verdaderamente pueden llegar a hacerte daño.
Es curiosa la contradicción en sí misma que tiene esta frase, pero ¿acaso no es la vida una pura contradicción? Porque uno podría creer que cuando alguien te quiere, invierte todos sus esfuerzos en mantener lo que tenéis, ya sea amistad, amor, familiaridad o algo más. Y, sin embargo, es esta relación la que al final termina por alterar nuestro ecosistema emocional de una forma insospechada en un principio.
Un arrebato de palabras atropelladas, un gesto descontrolado, una mirada incriminatoria, o simplemente diferencias de opiniones hacen que se desencadene la mayor y peor de las guerras. Aquella donde los puñales no tienen freno ya que contienen cualquier información que hayas compartido con esa persona. Aquella donde cada insulto es como una bala pesada para el corazón. Aquella donde todo lo que tenía sentido lo pierde porque el rencor ocupa más terreno del que jamás llegó a ocupar el amor. Aquella donde no hay ganador ni perdedor, sólo vencidos. Aquella de las que dejan huella.
Y luego, la calma. El silencio. El dolor. La lluvia de preguntas y pensamientos. El paso de miles de recuerdos cual película a través de nuestros ojos. La nostalgia. La sensación de soledad. Las ganas de un caluroso abrazo pese a que por primera vez dudes de si será correspondido o no.
Entonces es cuando comienzan a salir las palabras en dirección contraria a la que tomaron la última vez, acompañadas de un montón de emociones que te llenan y que necesitas soltar antes de que sea demasiado tarde como para recuperar a alguien que tiene un lugar ya ganado en tu interior y a quien te dolería perder hasta el fin de los tiempos. Y, a la par que intentas que todo vuelva a su cauce, crece un miedo en tu interior a un posible rechazo, a que ya no sea posible la vuelta atrás, pero entiendes que si es así, pues es lo que toca y debes adaptarte lo mejor posible, así como la otra parte intentará hacer también.
Pero, si tienes suerte, tus palabras serán acogidas y respondidas a la par, y en un momento todo volverá a ser como siempre había sido, sin reproches, sin culpas ni disculpas, sólo confianza, cariño y respeto.

domingo, 14 de agosto de 2016

Singular.

Interpretas cada pensamiento cruzado en mi mirada como si de palabras gritadas se tratase.
Resaltas cada pequeña muesca que aterriza en mi rostro momentáneamente como si de territorio inconquistable fuese.
Adivinas cada sonrisa que perfila la comisura medio mordisqueada de mis labios como si de deseos olvidados rebosase.
Conoces cada punto cardinal de mi estrellado cuerpo como si de un mapa del tesoro hablases.
¿Cómo pretendes que me sienta a gusto en tu sola presencia si al entrar me va a tocar una inevitable radiografía del alma que probablemente desemboque en un agitado mar?
¿Sabes cómo desearía yo alcanzar una milésima parte de ese poder tan magnético que ejerces sobre mí?
¿Te haces una idea de cómo me remueve tanta atención por tu parte cuando por lo general soy la chica invisible?
Creo que cada sonido que sale de mi boca atraviesa inconscientemente tu radar y me preocupa que (a)notes la cantidad de adornos y entresijos que tejen mis palabras, pero aún más que estudies el neblinoso trasfondo que presiona cada una de mis células, intentando encontrar esa luz al final del túnel de mi boca.
Pensarás en todo momento el por qué hago que todo resulte tan complicado, para mí ya resulta fácil tras tantos años de forzosa e improvisada, en un principio, práctica. Es como la (típica) historia de nuestras vidas, encuentras un lugar cómodo y te adaptas a sus condiciones, en vez de amoldarlo a tu forma y figura, porque es más sencillo y mejor para el resto y porque tú llevas sin importar ni destacar mucho tiempo y crees que un poco más no va a dañar a nadie, no se te ocurre ni por un segundo pensar en ti misma.
¿Qué puedo hacer contigo cuando tu objetivo primordial es alterar mi ecosistema emocional? 
Todo sería fácil si ambos fuésemos sólo dos personas, pero tú sólo representas el conjunto de esas pequeñas partes de algunas que me psicoanalizan en determinados momentos cuando menos lo espero y más lo necesito.
Ojalá esto fuera un quid pro quo. Ojalá no. Ojalá que mi cabeza bajase de las nubes para recoger lo que no puede soltar mi corazón.

miércoles, 3 de agosto de 2016

Ocaso.

Escalofríos recorren todo mi cuerpo, en todo momento, sólo porque soy incapaz de saber qué hacer o decir para arreglar lo que yo he desembocado con mi forma de ser, o mejor dicho, mi forma de no ser.
En general creo que pasar de las cosas que suceden a mi alrededor y que sólo tienen que ver conmigo es lo mejor, al menos exteriormente, interiormente sólo doy vueltas y más vueltas, que a veces desembocan en cascadas, otras veces en espirales, y otras simplemente se quedan ahí, como si me gritasen a cada momento, haciéndome revivir todo una y otra vez.
Y saber que esto no tiene sentido, que no sirve de nada, que no va a llegar a ningún fin, no me frena. Porque prefiero absorber como una esponja a saltar ante cada puñal que indiscriminadamente me lanzan y que provienen de ambos lados de la balanza, porque prefiero cerrar los ojos antes que abrirlos y ver que he estado ciega demasiado tiempo como para hacer algo, porque me asusta que cuando haga algo, sea un error, como tantas veces ha resultado así ya, y entonces vuelva a dar un paso más hacia atrás, hacia lo cómodo, oscuro y conocido, alejándome de lo nuevo, luminoso y esperanzador.
Soy una cobarde, pensar antes de actuar es un buen lema, si algún día llegas a actuar realmente, pero si te quedas atascada en el primer nivel, nunca podrás salir de él pues jamás has sentido la sensación de la victoria que te da una buena, valiente y adecuada actuación, la cual te impulsaría a ti, y a los que te rodean.